YO MATÉ A KENNEDY
Yo maté a Kennedy. Ahora ya lo sabéis, no fue Oswald –una
tapadera, pobre tipo-, ni la CIA, ni el FBI, ni los extraterrestres, ni el
Fondo Monetario Internacional, ni Mortadelo y Filemón; no hubo conspiración
alguna: fue un servidor, el hijo de mi madre, a quien por cierto nunca llegué a
conocer. Yo maté a Kennedy, sí pero ¿por qué? Es difícil saberlo: entonces yo
era un joven atolondrado, apenas un mozalbete imberbe. Sólo de manera confusa
puedo entrever los motivos de mi absurdo rencor: quizá me caía mal su corte de
pelo, su mandíbula cuadrada, su licenciatura en Yale o su origen irlandés. Tal
vez influyera decisivamente Marilyn, su amante ocasional, a quien yo veneraba
como a una diosa distante: imaginarla ovillada entre sus brazos o postrada ante
su mandarinesca figura, era más de lo que podía soportar. De modo que aquella
mañana en Kansas, cuando el coche del mandatario pasó ante la tienda en la que
disimulaba limpiando las ventanas, saqué el rifle, lo monté y disparé a la
cabeza más importante del mundo. La bala entró por la sien y atravesó la regia
testa, rebotó en una farola próxima y volvió a entrar, seducida como una de sus
amantes, en las entrañas de aquel imponente órgano, donde quedó alojada después
de rebotar contra el molar de oro. Alejados de la cháchara especulativa, estos
son los hechos frios, escuetos: ¿qué enseñanza podemos extraer de ellos? En
primer lugar, constatar que el magnicidio es algo relativamente sencillo, casi
inocuo. Matar a un alto dignatario entraña menos dificultades técnicas que
deshacerse de un hijo tonto o una esposa respondona; de ahí mi extrañeza ante
las escasez de estas “retiradas”, sobre todo teniendo en cuenta que un país
suele funcionar mejor sin sus mandamases. No soy quien para entrar en el desgobierno
de cada casa, pero si los ciudadanos de un país, deseosos de cambiar su
destino, requieren de mis servicios en tareas “ejecutivas”, no dudaré en
ponerme a su disposición, siempre con mi rifle, claro está.

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